Voy a irme al pasado pasado, y antes de esta historia, quiero comentarles que nunca fui tan fanática de la carne ni del pollo, aunque amaba los platos típicos chilenos que sí los llevan y me encantaban los asados sobre todo por reunirme con familia y amigos a disfrutar de buenas conversaciones acompañadas de una gran variedad de ensaladas. La carne siempre había estado presente en momentos gratos de festividades y aunque no era de las personas que se comían una parrillada entera, disfrutaba de un trozo de carne, pollo y choripan (chorizo en un pan de marraqueta). Amante de las cazuelas, carbonadas y pastel de choclo, hoy he aprendido a sustituir las carnes en estos platos y seguir disfrutando de ellos de una forma nueva.
Y así comienza, estando en Chile y ya de novia con mi actual marido norteamericano, empecé a tener episodios de migrañas muy fuertes. Mis dolores de cabeza me tenían aislada. Me escondía en mi dormitorio con la luz apagada y le pedía a mi familia que por favor no hicieran ruido porque todo me molestaba. Me irritaba que cocinaran porque el olor me daba asco y no quería que me hablaran, pero por otra parte prefería saber que había alguien cerca en caso de que la situación se agravara. Mis últimas migrañas estaban acompañadas de vómitos. Vomitaba todo, incluso un trago de agua y mi cuerpo estaba como entumecido, me deban tiritones, como si me hubiese intoxicado con algo.
Unos 7 años antes de estos episodios, había ido a ver a un médico que me dijo que yo era jaquecosa, así que mucho no podía hacer, que tratara de evitar una serie de alimentos de una lista eterna y que con eso quizás me sentía algo mejor. Bueno, la lista incluía palta! (aguacate) y chocolate y un montón de otras cosas que amo, así que aunque traté en un comienzo, no fue muy factible seguir sus indicaciones.
Dejé pasar el tiempo y a pesar de mis fuertes dolores de cabeza, en mi mente estaba la etiqueta, soy una jaquecosa más, tengo que aguantarme. De vez en cuando tomaba un migranol (ergotamina) y con eso a veces me sentía un poco mejor, pero en el último período la situación se estaba volviendo insostenible, no había nada que me lo quitara.
Finalmente volví al doctor por este asunto y mis exámenes mostraron muestras de orina alteradas y la presión muy alta. En ese tiempo yo vivía en La Serena, así que tuve que viajar a Santiago para hacerme una biopsia renal. Cuando el doctor analizó mis exámenes se dio cuenta que mis riñones se estaban viendo afectados por un agente externo. Lo único que yo tomaba en ese tiempo eran anticonceptivos y de vez en cuando el migranol. Resultó que eso era! La mezcla de ambos y el uso prolongado de los anticonceptivos estaba generándome daño renal.
Por lo mismo el camino a mi recuperación se veía fácil, tenía que dejar esas pastillas y comenzar a tomar ácido fólico recetado por mi nefrólogo. Estaba feliz, pues sabía que en un tiempo todo volvería a lo normal y mis riñones se recuperarían.
Entretanto me casé, me vine a USA, y quedé embarazada. Mi embarazo, debido a mi estado todavía de recuperación, fue considerado de alto riesgo. Me tenía que tomar la presión diariamente y controlarme cada semana en el hospital.
Al nacer mi hija por parto natural, sufrí de un desgarro que los doctores trataron con nada menos que con Ibuprofeno por unas cuántas semanas. Craso error! Para una paciente con falla renal por tomar antiinflamatorios ese no era el tratamiento adecuado. Me empecé a sentir tan, pero TAN mal, que tuve que ir al médico a las semanas de que mi hija hubiera nacido. Me hicieron exámenes otra vez y nuevamente me estaban pidiendo una biopsia renal.
Bueno, cuento corto, mi tema a los riñones tenía un nombre eterno pero que resonaba tan claro en mi cabeza como "los pollitos dicen", se llamaba Glomerulonefritis Membranoproliferativa. Una enfermedad autoinmune que básicamente inflama los riñones y no permite que hagan bien su trabajo (una explicación muy pobre pero no quiero entrar en detalles de este tipo). Tuve que empezar a tomar esteroides, dejar de amamantar a las 5 semanas del nacimiento de mi hija y por más de un año sufrir las consecuencias de este tratamiento que fue realmente difícil en todo sentido, físico y por sobre todo emocional.
Entre todas estas visitas al médico y mis exámenes semanales de sangre, mi doctora me pidió que hiciera una visita a la nutrióloga del hospital. En esa visita yo le comenté a la nutrióloga sobre lo que comía diariamente y ella me mostró las porciones de proteínas que debía consumir diariamente. La proteína animal debía ser bastante restringida pues su alto contenido proteico le daba más trabajo a mis riñones y por lo mismo tenía que ser limitada. Yo como había leído sobre esto ya estaba dejando las carnes rojas, pero al ver en concreto lo pequeñas que debían ser mis porciones, llegué a mi casa pensando que quizás lo mejor sería volverme vegetariana y así no tener que pasarme la vida pensando en cuánto de esto y cuánto de lo otro. Cortar las carnes y equilibrar las proteínas vegetales durante el día. Me sonaba como algo factible y muy amable para con mi cuerpo en ese momento. Además siempre había sentido admiración por los vegetarianos, me preguntaba cómo comían y se sentirían mejor alimentándose así. Mi marido me regaló una sacajugos y él mismo me preparaba jugos de frutas y verduras cada mañana. Me empecé de a poco a sentir más fortalecida pero por sobre todas las cosas me estaba empoderando de mi propia salud, haciéndome responsable y sintiendo que mi recuperación también dependía de mí y no sólo de los médicos y sus tratamientos.
Al empezar una dieta 100% vegetariana, varias cosas empezaron a cambiar. Primero, perdí los 17 kilos que había ganado en el embarazo más 3 más. Mi digestión mejoró muchísimo y mi interés por ver videos y películas relacionadas al vegetarianismo también aumentó.
Tomé conciencia de la gran cantidad de toxinas que ingerimos al comer carnes, del inmenso trabajo que hacen nuestros cuerpos para digerirlas y de cómo al convertirme en vegetariana estaba también aportando hacia el cuidado del medio ambiente.
Al educarme en este tema, ya no sólo alimentarme de una forma más saludable me motivaba, me sensibilicé mucho hacia la vida animal y me di cuenta de todo el maltrato que sufren los animales en la industria de la carne y también de la leche y de los huevos.
Vi gran cantidad de videos sobre vacas enfermas y maltratadas, pollos encarcelados, cerdos mutilados y peces envenenados. Películas sobre la destrucción de nuestros recursos naturales debido a la industria de la carne y el deterioro constante de nuestro planeta en un sistema antinatural, lleno de estrés y de producción desmedida. Lloré mucho y me di cuenta que es totalmente enfermo y que yo no podía seguir siendo parte de este círculo de consumo en desmedro de la vida y libertad de los animales y destrucción del medio ambiente.
Así, de a poco empecé a eliminar los huevos, el queso y el yogur. La leche ya la había dejado por alternativas vegetales y mi hija de dos años muy pronto se acostumbró a las nuevas alternativas.
Mientras ha ido avanzando el tiempo he encontrado a mucha gente que lleva años siendo vegetarianos y veganos que me han mostrado recetas y que han inspirado mi vida. Sin yo ser todavía el mejor ejemplo de vegana pues todavía tengo algunos zapatos de cuero antiguos y un par de bolsos de los que no me he deshecho, y de que aún uso la miel como método para combatir el refrío (considerando que ahora ya no debo consumir remedios antiinflamatorios que pueden afectar mis riñones, la miel y otros remedios naturales han sido de gran ayuda) creo que he armonizado mucho más con mis valores, permitiendo sentirme más equilibrada con la vida que se me ha regalado y que tanto valoro.
Con mi marido tenemos una pequeña huerta orgánica que nos alimenta y nos enseña a nosotros y nuestra pequeña que disfruta de comer frutillas de la mata y jugar con el rastrillo. Nos trae el verde a nuestro paisaje diario y nos ayuda a entender que cada alimento que comemos ha crecido con amor y trabajo, y no con maltrato y encarcelamiento.
No somos dueños de ninguna vida y no creo que los animales sean la excepción. Nuestro planeta también necesita un respiro y con los métodos que se usan para alimentarnos y vestirnos lo estamos asfixiando.
Finalmente quiero contarles que mi enfermedad a los riñones se ha estabilizado bastante y estoy convencida de que mi nueva forma de vida tienen muchísimo que ver. Evitar estar estresada ha sido fundamental también y para eso estoy haciendo yoga, paso mucho tiempo con mi hija, pinto y respiro más profundo. Con todo esto no quiero decir que mi vida sea perfecta, pero de verdad que todos estos cambias han ayudado infinitamente. Y si tu estás por hacer cambios en tu vida compártelos, empieza por casa y verás cómo la gente que te rodea también se inspira y entre todos aportamos a hacer un mundo mejor.
Espero que esta historia te haya servido.
Un abrazo muy grande para todos!

















